viernes, 1 de febrero de 2013

Acróstico impúdico

Tengo apetencias apremiantes. 
Estar ahí, verte en contrapicado. 

Quiero atragantarme con ella. Escupir.
Untarla de saliva hasta resbalar. 
Insistir sobre mis amígdalas, que crean que voy a vomitar.
Espamos en tu cuerpo. Espamos en mi diafragma.
Reír con la boca llena. Tragar. Sonreír.
Oler los restos de semen. Relamerme como un cachorro. ¿Por qué no? Como una perra...

(Esto es, amigos, saber chuparla, pero con amor) 






sábado, 21 de abril de 2012

La bisoña

Me giré y la vi aparecer de entre los arbustos. No era un animalito del bosque, no era una lagartija, pero se movía con tal gracia que cualquier ave hubiera vendido su vuelo por pasearse como ella. Nos saludó con un breve movimiento de cabeza mientras yo no podía dejar de seguirla con la mirada. Después de saludar uno a uno a todo aquel grupo de gente que me rodeaba se sentó a mi lado. Era la primera vez que la veía en persona pero había memorizado ya todas sus facciones. Tanto, que cuando se agachó a mi lado olvidé presentarme. Había visto muy pocas fotos de ella, pero mostraban lo que necesitaba ver. Me habían hablado muy poco de ella, pero sabía lo que necesitaba saber. Sabía que era ella y punto. No necesitaba nada más. Nada más excepto que fuera ella misma la que me dijera lo que yo ya sabía.

Yo apenas tenía confianza con todas las personas con las que estaba pasando el día en la orilla del río. Todas menos una, mi novio. Aun así nunca le comenté mis planes para aquella tarde, de haberlos sabido me habría forzado a anularlos y yo me habría quedado sin energía. En mi tribu y los alrededores de nuestra zona ya no queda nadie así, ya no queda ninguna de esas mujeres a los que los humanos llamáis… vírgenes. Nosotros preferimos llamarlas bisoñas.

Los Libitum somos una congregación prácticamente extinta, formada por hombres y mujeres con un único sino: proteger el placer. Y para ello, hemos de combatir el dolor. Antiguamente, los hombres se encargaban de atraer a jovenzuelas bisoñas para dejarlas en nuestras manos y despojarlas del elemento interior que les provoca miedo o dolor, incluso pánico, ante el primer contacto con el sexo contrario o con el suyo propio. Las mujeres nos encargábamos de ello, es un ritual placentero y tranquilo, rodeados de naturaleza, elementos afrodisíacos, hombres y mujeres, pero sobre todo hombres. Nuestra misión es ayudarlas a ellas y ayudarles a ellos. A ellas a perder el miedo y a ellos a facilitarles la tarea. ¿Y qué obtenemos a cambio? De ellas obtenemos la energía. Una bisoña, cuanto más joven y más bella sea, más energía limpia contiene. La energía limpia es necesaria para nosotras, las doncellas Libitum. Con ella alteramos nuestra apariencia interna haciéndonos más atractivas para los hombres, que son quiénes contienen el líquido sacro. Aquella bebida que nos da la vida, que nos alarga el tiempo que aprovechamos en tareas placenteras, que nos prolonga la existencia. Dicen las mayores que incluso, algunas han conseguido ser inmortales y escapar a una dimensión donde el dolor es solo un juego del placer. Nuestros años de vida se calculan según el líquido sacro consumido. Se desconoce la proporción exacta entre cantidad de fluido y cantidad de años, algunas dicen que depende del dragón que nos lo aporte. Hay muchas teorías sobre ello, pero lo único que sé de seguro es que toda nuestra tribu, la última congregación Libitum de la Tierra que sobrevivió a la oscuridad, está muriendo. Si muere, morirá con ella el deleite, el placer. Y la oscuridad, el dolor y el sufrimiento lo cubrirán todo.

Las ancianas están muriendo, los hombres no encuentran ya bisoñas en nuestra zona y sólo las elegidas podremos salvar vuestro mundo, nuestro mundo.

He venido hasta aquí para encontrarla a ella, una de las pocas bisoñas aptas para donar su energía. Tiene mucha, es joven y guapa. Y cuántos más personas la deseen mayor cantidad de energía tendrá. Por eso el ritual se efectúa así, rodeadas de hombres, de mujeres, de cualquier ser que pueda desearla para aumentar su energía al máximo antes de que una Libitum abra el tarro de la diversión.

Cuando se sentó a mi lado comencé a ponerme nerviosa, lo olía, olía toda su energía, su pureza. Pero también apestaba a miedo. Un miedo al sufrimiento, al dolor de entregarse por primera vez. Yo tenía la solución. Sólo necesitaba sacar la conversación y dejar que aquella muchacha de pelo corto y negro como el petróleo confiara en mi.

Giré la cabeza hacia Helios, mi novio, lo miré, suspiré y me cargué de valor para emprender la misión que me trajo hasta aquí. Después de mirar fijamente a los ojos a la bisoña y tranquilizarme con una sonrisa le pregunté:

- ¿Cuánto tiempo has compartido tu cuerpo con Helios antes de que se entregase a mi?

- Nunca.

- ¿Nunca? Él me ha contado que solíais regocijaros juntos.

- Si, pero nunca hemos llegado a… ya sabes. Un momento, ¿no estás celosa? Él ahora es tu novio y…

- ¿Y qué? Él me quiere. Y si algún día yo no puedo ofrecerle todo el agrado que necesite marchará en busca de otra mujer que le regale todo el placer que merece. Hasta entonces, mi trabajo es impedir que eso suceda.

- ¿Eso no te suena demasiado machista?

- No, él me obsequia cada noche con algo que para mi es mucho más importante. Pero no hablemos de mi. ¿Por qué tú nunca has…? ¿Tienes miedo?

- En parte si. Hay muchas historias sobre chicas que lo han pasado verdaderamente mal la primera vez y chicas que no han vuelto a intentarlo desde entonces. No quiero ser una de ellas. Quiero ser como tú, una chica normal. Pero no me atrevo.

- Déjame ayudarte. Ven.

La tomé de la mano mientras me levantaba y sacaba mis pies del río. Me quité la camiseta y le vendé los ojos con mucho cuidado de no despeinarla, de no robarle un solo gramo de la inocencia que, en unos minutos, sería mía. Le ayudé a sentarse de rodillas, noté su nerviosismo en mi piel al rozarla. Pero no gritaba. Le susurré al oído un calmado: relájate, todo va a salir bien. Y mi voz la tranquilizó. El grupo de gente se giró hacia nosotras, las pocas chicas comenzaron a cuchichear entre ellas, los chicos se acercaron llamados por el olor que desprende una bisoña antes de desenvolverse. Las chicas se fueron con miradas de desprecio, todas menos una, probablemente bisoña también, pero de un olor mucho más tímido. Sus miradas lascivas se me clavaban como espinas, la de Helios, en concreto, me dolió. Llevaba una advertencia escrita, pero no supe entenderla. Su mirada no fue lasciva hasta unos minutos después, cuando comprendió que tenía reservado un asiento especial para él.

Una vez que todos estaban rodeándonos me acerqué a la chiquilla y comencé a contarle quién era yo y qué iba a hacerle. Después del ritual nadie se acuerda de nada, eso nos protege. La chica sonrió como pudo mientras suavemente incliné su cabeza para tener más cuello que besar. Cuando mis labios rozaron su piel se estremeció, cuando mordieron el lóbulo de su oreja tiritó, cuando retiré el tirante de su camiseta ya se había calmado y para cuando lamí su escote ya había empezado a disfrutar. Y allí, en medio de los árboles, de un grupo de hombres y una sola mujer, comencé a desabrocharle uno a uno los botones de su camiseta. Como todos pudieron ver tenía unos pechos cuidados, perfectos, una golosina para cualquiera. Un dulce que sólo yo pude disfrutar. Le quité la falda con todo el respeto que cabe en una ceremonia así, miré a Helios y le indiqué que se acercase. Todos los demás hicieron un gesto medio entre envidia y resignación por no haber sido ellos los elegidos. Helios era especial, tenía un nombre de dioses y un cuerpo de ángel. A veces incluso pienso que él es más mágico que yo, a pesar de ser un humano. Le di a probar lo que no había podido probar en tiempos anteriores, llevé su mano hasta el sexo de aquella chica, le ayudé a que colocara dos dedos en su interior y que cogiera toda aquella humedad espontánea que llevó hasta su boca. Él había sido el primero en darle un trago a la bisoña más enérgica de esos tiempos de Oscuridad. Era un privilegiado. Ese fue mi regalo. Pero no dejé que volviera a su sitio, que ya se había perdido porque el círculo se había estrechado y ahora todos, contemplaban atónitos y lujuriosos como Helios besaba y acariciaba a la chica, sus pechos y su vientre. Yo me acerqué con una respiración sonora y excitante a los labios de la chiquilla mientras introducía tres dedos de mi mano derecha en su matriz. Apreté y compensé ese breve momento que podía haber sido doloroso con un beso intenso, húmedo y deleitoso. Tenía en mi mano su sangre, sangre hija de un gozo, no de un daño, como todas las mujeres se merecen. Su sangre, mi energía. Me chupé los dedos, la mano y, como un huérfano hambriento lamí el plato que me ofrecían tan apetitoso bocado hasta que no quedó nada. Me coloqué detrás de ella mientras le destapaba los ojos con cariño y le decía al oído: cuando te quite la venda que cubre tus ojos habrás olvidado tu miedo, verás a varios hombres con los que compartir tu precioso cuerpo, elige a cuantos quieras y llévatelos lejos. Disfruta de ellos y hazlos disfrutar. El placer hay que compartirlo.

Se levantó con seguridad, eligió a dos de ellos y se perdieron dentro de las aguas del río.

“Buena elección”, pensamos Helios y yo, que hacía unos días también habíamos aprovechado lo que las aguas fluyentes de aquel pequeño río podían ofrecer a cualquier grupo de amantes.

domingo, 11 de marzo de 2012

Allí.

Allí, donde más oscuro esté,
donde esté el árbol más triste,
donde el triste esté tranquilo,
donde la tranquilidad lo cubra todo,
donde todo sea vejez, sabiduría, recuerdo,
allí, en la lejanía de estos parajes
enterré un pedacito de mi corazón.

Allí donde el huracán no lo arrase,
donde la guerra no lo mate,
donde no muera de hambre,
donde la empresa no lo venda,
donde el político no lo engañe,
donde el sabio no lo transforme en palabras,
donde los tontos no lo cubran de babas.

Allí, incluso antes mismo de nacer, dejé un trocito de mi corazón,
para que al menos una parte de mi conozca lo que es el amor.

jueves, 20 de octubre de 2011

YA LO NOTO

Acabábamos de ver una película sangrienta, sangrienta pero no violenta, era una nave, una nave con vida propia que venía del infierno y entonces…
Entonces Dani me asustó cuando yo estaba echándome en la cama, puso cara de zombie y golpeó mi puerta, y él sabe que eso me asusta, y él sigue haciéndolo noche tras noche cuando yo trato de dormirme. En realidad no, no lo hace todas las noches, cuando su novia viene a casa no pierde el tiempo asustándome a mi, a ella si debe asustarla porque oigo sus gritos desde su habitación. Pobrecita… Al menos esos días yo duermo sin miedo.
Ayer no fue uno de esos días, después de ver la película, durante la cual quiero aclarar que no me quedé dormida, al menos no mucho rato, sólo fueron cabezadas, cabezadas al estilo gatuno, porque si sabéis a qué me refiero ¿no?. Por favor, no se lo contéis a Dani, al fin y al cabo me enteré perfectamente de la película, tanto que ya no sé si lo que nos pasó anoche pasó de verdad o fue un sueño provocado por su rareza. En fin, volvamos a cuando me estaba desnudando… ¡Ah no! Si ya tenía puesto el pijama. Tenía puesto el pijama, los dientes lavados y me acababa de meter en la cama, me estaba arropando cuando Dani entró en la habitación asustándome como ya sabéis todos que no me gusta que me asusten, haciendo el zombie, con la cara ladeada, los ojos fijos en mi y emitiendo un sonido extraño por la boca, le grité, le grité pidiéndole que no lo hiciera y paró. Se sentó a mi lado en la cama, me ayudó a arroparme cual madre nostálgica que va tomando conciencia de lo rápido que crece su hijo y se echó a mi lado. Después de un rato durante el que se sucedieron comentarios y risas, risas y comentarios y una Inés con unos pantalones de cuadros que vino a cerrar mi puerta porque no le dejábamos dormir y que se tuvo que ir resignada sin poder cerrar porque mi puerta sólo se cierra desde dentro, decidimos dormir, pero no encontrábamos el interruptor, bueno si, si sabíamos dónde estaba pero no nos apetecía levantarnos a apagar la luz. Dani lo hizo. ¡No! Dani no, Dani en versión mamá. Podría haber dicho la versión “mamada” de Dani, pero he decidido no hacerlo, al menos en la primera oración, en la segunda si, para no asustaros y esas cosas. (¡Mierda! Me acabo de dar cuenta de que no he sacado la ropa de la lavadora esta mañana…) Una vez apagada la luz y bajada la persiana, pero no del todo porque tanto a Dani como a mi nos gusta dejarla un poco levantada y ver los árboles moverse por efecto del viento, me di la vuelta y traté de dormirme. Después de unos minutos, no sabría decir cuántos, un perro empezó a ladrar en la calle, no se callaba, me estaba poniendo nerviosa, lo envidié, emocionada me levanté deprisa a abrir la ventana para subirme a la mesa y comenzar a ladrar como él pero justo en el instante en que fui a abrir la ventana dejó de ladrar por unos segundos. Nos quedamos un rato mirando por la ventana a la calle, a la calle y no al perro porque al perro no lo veíamos, sólo lo oíamos, no dejaba de ladrar. ¡Un momento! Acabo de recordar que Dani y yo quedamos en contar esta historia diciendo que no era uno, sino 50 perros, él dijo que ladraban todos pero yo le expliqué que no podíamos contar que ladraran tantos perros a la vez porque no sería creíble, así que decidimos dejarlo en que había 50 perros en la calle pero sólo uno ladraba. Mirando por la ventana vimos como un extraño hombre tiraba con fuerza al cubo de la basura más de 3 bolsas llenas de mierda, más de 3 pero menos de 10, si dijéramos 10 bolsas nadie se creería nuestra historia ¿quién tira 10 bolsas a la vez a un cubo de basura a las 3.00 de la mañana? ¡Nadie! El hombre miraba al perro, nosotros mirábamos al hombre. Mi osito panda de peluche, que anoche se llamaba Elías, nos miraba a nosotros, pero… ¿quién lo miraba a él? De repente el extravagante y misterioso tirador de basura de las 3.00 de la mañana sacó una espada láser (Dani, no me acuerdo de con qué dijimos que mató a los perros, he elegido la espada láser para darle color a la noche de nuestra historia, espero que no te importe) y los mató, los mató a todos en menos de un minuto y nosotros lo vimos, vimos como caían cabezas de perro, orejas de perro, pelos de perro, orín de burra, olfatos de perro, sangre… ¡Oh si! Había sangre. Corrimos al salón a mirar por la ventana pues desde allí se veía todo mejor, ¡y qué sorpresa nos llevamos al ver tan sólo a un perro ladrando a un árbol! pero… en ese árbol había algo, algo negro, una sombra, un espectro, un espíritu de la oscuridad. Dani me preguntó si yo lo veía también, si, yo también lo veía. El perro ladraba al espíritu, y ladró y ladró hasta que se dio la vuelta y meó en una esquina, luego siguió ladrando.
Hartos ya de tanto estruendo salimos a la calle, yo en pijama con unas Converse (espacio publicitario) y una manta con decorado de cebra por encima y con la cámara en el bolsillo. Dani se puso una sudadera y cogió una porra, teníamos que salir armados, nadie sabía qué podía pasar. La calle era peligrosa. Ya lo noto. No se nos olvidaron las llaves, es solo que no me apetecía ponerlas en el listado de las cosas que cogimos porque quedaría cutre, pero es obvio que las cogimos, las cogimos para no despertar a Inés a la vuelta llamando al timbre. (Creo que acaba de cagar un pájaro en la ventana)
Salimos asustados y a la vez intrigados, también motivados por esta nueva aventura, por tener una historia nueva que contar, pero hacía frío en la calle y ahí fue cuando deduje que a la mañana siguiente (es decir, hoy) haría frío (y lo hace). Nos acercamos al árbol donde habíamos visto al espíritu, a la sombra oscura, y a la esquina donde el perro levantó la pata y meó, ya no había nada. No había perros, no había espíritu, ni ladridos, ni hombre de las bolsas, ni meadas de burra, ni siquiera preservativos en la esquina de mi calle donde suele haber al menos uno en el suelo. Era todo tan extraño… Nos invadía la incertidumbre y un poco la confusión, pero poco, porque entonces fue cuando descubrí en medio de la carretera al espíritu muerto (otros dirían que era un simple plástico negro sobre el cual se colocan las piezas de fruta en los supermercados que había estado entre las ramas del árbol porque el viento lo había llevado allí y luego se había caído). Nos fotografiamos con él.
Volvimos a casa con la misión completada. Espíritu oscuro muerto. Perros desaparecidos. Orín en la pared. Nosotros ya podíamos dormir a gusto sin ruidos. Pero volvíamos a tener un gran problema, se nos había olvidado apagar la luz y ya estábamos los dos en la cama, ¿quién se atrevería a levantarse después de haber probado el calorcito del interior de mis sábanas? …
Dani. Fue Dani, el mismo Dani que hoy se ha quedado dormido mientras yo me preparaba para ir a clase. Ahora estoy en clase, tengo sueño y no pienso comer al llegar a casa pues esta noche nos vamos de cena a un buffet libre de comida china y quiero darle provecho. Dani también.

viernes, 5 de agosto de 2011

.pintando.

Pintando una calavera con flores en vez de
ojos
con lápices de colores que alegran oscuros
tonos.

Oscuridad de otro tiempo, de otra etapa.
Oscuridad que no es tranquila, sino que grita,
en voz alta,
cuanto te quise.

miércoles, 25 de mayo de 2011

... sueÑos...

Era una noche de sábado cualquiera, bueno, cualquiera no, mis dos primas habían venido de fiesta a Zamora, ellas tenían unos siete años más que yo y yo acabo de cumplir los dieciocho. Estábamos en un rinconcito de un bar heavy, en un sillón de la esquina del fondo del bar. Sentadas, tranquilamente... cuando llegaron tres tíos con ganas de jodernos. Se acercaron y se presentaron y a pesar de ese detalle de mínima cortesía nos miramos las tres con el mismo pensamiento en mente: "babosos..."

Sonreíamos hipócritamente o sonreíamos sarcásticamente. En cualquier caso, sonreíamos. Y esas sonrisas no hicieron más que alimentar su asquerosa necesidad de meter sus lenguas en la cavidad bucal de cualquier mujer. Pidieron unas copas y permanecieron a nuestro lado en aquel rinconcito que ya había perdido toda la intimidad que tenía.

Después de varios cubatas aquellos chavales estaban tan borrachos que nosotras nos convertimos en simples cuadros de la pared para ellos. Más bien se descojonaban no sé muy bien porqué. Cogimos nuestros abrigos y nos levantamos. Cuando les dijimos adiós se acabaron las risas, se miraron y empezaron a gruñir como animales. Intentamos salir corriendo pero nos agarraron bruscamente y nos forzaron a volver de un tirón. Nos quejamos pero nadie se acercó así que empezamos a forcejear con ellos. Nosotras dando golpes a todo lo que nos rodeaba y ellos extendiendo sus manos por las zonas de nuestros cuerpos donde podían. Finalmente Nieves consiguió zafarse de su "secuestrador" y dándonos fuertes tirones a Sandra y a mi conseguimos largarnos de aquel bar tan poco solidario.

Ya en la multitud de la calle de los Herreros se diluyeron nuestras taquicardias y se esfumó el pequeño susto. Fuimos a una discoteca donde no había gente. ¡No me extrañó! La música era malísima. Nos pedimos unas cocacolas y nos apoyamos sobre una gran columna en forma de prisma que se encontraba en medio de aquel bar iluminado con una luz azulada y acompañado de una música no apta para jaquecosos.

A lo largo de la siguiente media hora entraron tres personas más, dos chicos y una chica. Yo conocía a esa chica pero no sabía de qué, ni porqué...

De repente la puerta volvió a abrirse y un destello nos deslumbró a todos si poder ver quién entraba. Cuando el portón se cerró de golpe un horrible y agudo grito consiguió dirigir nuestras miradas hacia la joven camarera que ahora se había convertido en una horripilante vieja llena de arrugas, verrugas, encorvada y apoyada sobre un bastón. Sin tiempo para reaccionar un hombre con una capa de cuero negra que le llegaba hasta los pies nos arrastró a todos fuera del bar mientras la vieja no dejaba de gritarnos.

Ya fuera del bar nos indicó que subiéramos calle arriba corriendo y, sin separarnos, nos dijo que nos perseguía un fotógrafo vestido como él que no debía sacarnos ninguna foto. Corrimos mientras él atascaba la puerta del bar con un hierro y prendía fuego al interior, de donde comenzaron a brotar multitud de seres mucho más extraños que aquella vieja.

Al llegar al final de la calle, arriba del todo encontramos a otro hombre con capa negra, ¡no! no era otro hombre, era el mismo desconocido de antes, del que parecíamos fiarnos sin ninguna explicación. Nos alejó corriendo de aquella calle llena de gente, de borrachos que parecían no habernos visto correr, prender el bar y empujarlos.

Tan sólo cinco minutos nos bastaron para llegar a la muralla, muralla que no parecía de Zamora, sino de Béjar, la ciudad de donde venían mis primas. Una vez allí recordé quién era aquella chica que tanto me sonaba y me extrañé enormemente de que estuviera allí. Era una alumna sueca con la que había experimentado un intercambio excolar de una semana, yo también estuve en su casa, pero.. ¿Qué hacía aquí? ¿Me habría reconocido ella a mi?

El hombre que nos guiaba resultó ser su padre, quien con un chasquear de dedos consiguió que apareciese un tobogán gigante muralla abajo por el cual debíamos descender. ¿Dónde nos dirigíamos? A lo que nos contestó mientras el primero de los chicos ya se estaba tirando:

- Sois los elegidos, allí os necesitan, aquí os persiguen.


Y me desperté. Era hora de desayunar y prepararme para ir a clase.

miércoles, 27 de abril de 2011

Dos corazones rotos forman uno demasiado frágil

Y volvemos a lo de siempre. Volvemos mi sonrisa y yo a compenetrarnos en la falsedad de un gesto. Volvemos mi felicidad y yo a crear una gran mentira. Volvemos a ser cómplices, amigas, la hipocresía y yo.

Fui todo durante un sueño. Fui sólo un sueño en todo tú. Fui un instante en la historia del universo. Fui un paso en el Camino de Santiago. Fui una gota en un pantano. ¿Y tú?

Tú fuiste el motor de mi autobús, el impulso de mi espalda al amanecer. Aun así te prohibí mirarme. Restringí tus caricias y te negué amarme. Buscaste en otros labios lo que los míos te negaron. Buscaste en otra cama el amor del que la soledad te priva. Y ahora...qué diferentes somos, qué distanciados estamos.

Fueron únicamente unos días, unas semanas, quizás un mes, hasta que nos separamos. Y aquellas sillas donde juntos nos sentamos quedan hoy vacías, secas de miradas, de caricias reprimidas por la voz del profesor, por su presencia.

Y aquellas noches sin finales, de calor, ¿amor? No. Fusión de soledades. Húmedas las sábanas, entonces las tuyas, ahora las mías, ahora de añoranza, entonces de alegrías. Fuiste aquello que necesitaba exactamente. Apareciste en el momento justo en que debiste. Y yo fui la que dijo no en esta historia que empezó como acaban los cuentos de princesas y acabó como empieza una guerra.

Solo silencio quedó después de que se nos cayera aquel jarrón que tratamos de crear uniendo pedazon de nuestros corazones solitarios.

No me arrepiento, simplemente nuestras piezas de puzzle no encajaron, por ti estos versos de agradecimiento, pues si no lo escribo nunca sabré decir lo que siento, lo que sentí, lo que aprendí, que unir dos corazones rotos forman uno demasiado frágil.